23 jun. 2012

Sobre el abismo de la felicidad


Hoy es invierno verdadero:  gélido, distante y frígido. Se percibe la nevada. Poco a poco los bellos copos que tanto gustan a los artistas caen sobre el bosque de los sorprendentes como si de flores de cerezo se tratase. 

Cinco centímetros por segundo, lentamente y con calma, atiende a las leyes de la gravedad aquel copo microscópicamente maravilloso. Su ondeante, tranquilo, plácido descenso transmite calma y provoca leves temblores en el aire, interferencias en el viento, música en el frívolo silencio.
Su vida es belleza. Nace congelado y muere derretido. Nace de la vida y la vida de una congelada y geométrica estructura formada por cristales de hielo.
Dentro de pocos segundos rozará algún árbol, decidirá morir allí y allí fenecerá. Son pocos los segundos de originalidad en algo tan diminuto. Un sonido sinfónico habrá llegado a su fin mientras tantos otros millones de nacimientos brotarán del cielo grisáceo.  
Resplandeciente instante el nacimiento en soledad.

La sinfonía sucede en el bosque de los sorprendentes el cual sólo los sorprendentes pueden conocer. Entre esos árboles las hojas no se han dado por vencidas durante todo este tiempo, se sostienen en invierno como si la primavera no las olvidase desde su floreada tumba. 

¡Chispa!  ¡Chipa! 

Chispea la hoguera. Los viajeros sin meta concreta arropados con hilos apagados destellando sosedad observan con sus ojos las llamas que intentan corromper, derretir la nieve, hacer insignificante la fuerza de las diminutas hojitas verdes que le sonríen y dicen:
- No nos alcanzarás y nosotras podemos hacer que llueva ¡Cuidado con las hojas eternas del amor!-. 

Así los viajeros pese a su simplicidad entienden que deberán marchase cuanto antes, que lo mortal es una mera hormiga en ese lar.

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